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viernes, 8 de abril de 2011

Ollanta y Kuczynski

Sinesio López Jiménez

Las últimas encuestas sugieren algunos cambios fundamentales en la lógica y en la dinámica del escenario electoral. El primero es que el candidato que García y la ultraderecha creían haber liquidado goza de buena salud. Hoy ya no se discute si Ollanta pasará a la segunda vuelta. Eso es casi seguro, dada la velocidad de su crecimiento: 6 puntos (en 20 días) que lo colocan en el segundo lugar (DATUM). El problema actual es con cuál de los candidatos de la derecha va a pasar. El segundo es el crecimiento acelerado de PPK (5 puntos según DATUM) en Lima sobre todo y en algunas ciudades de la costa. El tercero es la caída de Toledo en más de 8 puntos, quien, sin embargo, sigue encabezando la lid electoral. El cuarto es la salida de Castañeda del juego grande: se va con el premio consuelo de ganador de todos en la segunda vuelta. El quinto es la polarización electoral creciente entre Ollanta y PPK que tensa la dinámica electoral hacia los polos (izquierda nacional abierta al mundo global y derecha empresarial transnacional) y debilita a la centro-derecha (Toledo) y al fujimorismo.
Si se echa un vistazo a todo el período electoral se puede distinguir tres momentos precisos en los que se produce un desplazamiento rápido de escenarios. El primero es el escenario de la ultraderecha y de García (enero-setiembre del 2010) en el que los favoritos eran Castañeda y Keiko Fujimori y los principales enemigos eran Toledo y Ollanta a los que se pretendía sacar del juego grande. El segundo es el escenario de la derecha (Octubre del 2010-Febrero del 2011) en el que Toledo entra a la cancha, coloca la agenda política y se pone a la cabeza de la disputa electoral. La ultraderecha y García se desesperan y apuestan a Castañeda como su candidato favorito para pasar a la segunda vuelta justamente cuando el ex-alcalde limeño acelera su deslizamiento por el tobogán electoral. El tercer momento es el de la polarización electoral (marzo al 10 de abril del 2011) en el que se confrontan Ollanta (la izquierda nacional abierta al mundo) y PPK (la derecha empresarial transnacional). La vacuidad política y la falta de credibilidad de la centro-derecha y de los candidatos de la ultraderecha han inducido a la polarización electoral. La centro-derecha (Toledo) se debilita y el fujimorismo sigue estancado, mientras la polarización se acelera y pasa por encima de ellos haciendo discurrir la dinámica electoral por los polos.
El grado de debilitamiento de la centro-derecha y del fujimorismo depende del nivel al que llegue la polarización nacional. A más polarización nacional entre Ollanta y PPK mayor debilitamiento del Toledo y de Fujimori. Los fujimoristas sostienen que ellos tienen un voto duro que les permite pasar a la segunda vuelta. ¿Voto duro? Este se presenta cuando los electores se encuadran en partidos institucionalizados o en organizaciones clientelares activas. El fujimorismo no es ni uno ni otro. Keiko Fujimori es sólo el amoroso recuerdo del clientelismo de su padre, al que quiere sacar de la prisión. Además de los rasgos ya señalados, la polarización política y electoral se caracteriza por otras dos cosas: los tiempos políticos y sociales adquieren una inusitada velocidad y “todo lo sólido se desvanece en el aire” (Marx dixit).
¿Podrá Toledo frenar su caída, retomar la iniciativa política y amainar la polarización electoral?. Esa es una tarea de titanes, difícil, pero no imposible, y requiere más tiempo cronológico y político del que dispone. Mi hipótesis es que la polarización se va a acelerar y la pugna central el 10 de abril será entre Ollanta y PPK. La polarización electoral está abriendo un amplio cauce a un conjunto de polarizaciones que estaban contenidas (social, política, económica, regional, cultural) y ella misma se potencia con esa apertura. El Perú real muestra sus rostros en el proceso electoral. Ha llegado la hora de decidir. Espero que la demografía se traduzca en democracia.

martes, 18 de enero de 2011

Salvar a San Marcos


Dr. Sinesio López Jímenez

El largo vía crucis que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) inició en los 70 está llegando a su fin. Es el fin de San Marcos y de la universidad pública. La década del 60 fue de transición de la universidad de élite y mesocrática a la universidad popular y de masas. En esa década se produjo un encuentro social en la UNMSM entre los hijos de élites que aún se educaban allí, los estudiantes de clase media y los primeros contingentes estudiantiles de extracción popular que llegaban a la universidad. Alfredo Bryce ha dicho, sin ninguna mala leche, que lo que más le llamó la atención cuando estudiaba en San Marcos es que sus compañeros de estudios se parecían mucho a sus mayordomos.
Con la masificación y la proliferación universitaria por doquier comenzó el abandono de la universidad pública por parte del Estado, se inició la mediocrización de la enseñanza y la pérdida de gobernabilidad de la universidad. Las élites abandonaron San Marcos y pasaron a formarse en las universidades privadas. Los viejos profesores de prestigio se jubilaron o se fueron a otras universidades, algunos jóvenes partieron a enseñar en universidades extranjeras y pocos muy valiosos resistieron heroicamente hasta que se cansaron.
Con la masificación de la educación pública (en todos sus niveles), esta dejó de ser un espacio de igualdad de oportunidades y se transformó en una estructura de discriminación. La vieja política discriminatoria de siempre que negó la posibilidad de que las élites formaran con los debajo de la escala social una comunidad política nacional. En los 70 la radicalización, la irracionalidad y el sectarismo político se adueñaron de San Marcos. Todo eso desembocó en el senderismo y en el terror en San Marcos y en el país en los 80.
El movimiento estudiantil desapareció. San Marcos quedó en manos de una minoría intensa (el senderismo) que hacía lo que le daba la gana bajo el temor o la indiferencia de la mayoría. A eso se añadieron la mediocridad y la pusilanimidad crecientes de las autoridades universitarias.  Con excepciones, desde luego. San Marcos dejó de ser un centro serio de enseñanza universitaria y de investigación. Recuerdo que mis clases entonces eran un permanente campo de batalla verbal con el senderismo. Supongo que otros profesores hicieron lo mismo, pero sospecho que hubo también complicidad y cobardía para enfrentar al terrorismo. Los apagones y las amenazas del senderismo obligaron a muchos profesores a dictar clases fuera del claustro universitario. A todos estos males se añadió la ocupación militar en los 90. San Marcos dejó de ser una universidad propiamente dicha para convertirse en un campo de batalla del terror.
Las cosas comenzaron a cambiar en San Marcos y en el país cuando Abimael Guzmán fue apresado en Lima por la policía mientras Fujimori pescaba en el Amazonas y Montesinos diseñaba meticulosos planes para asaltar el fisco. Pero el abandono de la universidad pública por parte del Estado continuó. San Marcos siguió languideciendo en medio de la mediocridad generalizada. En ese contexto reaparecen nuevos brotes del senderismo, se instalan pequeñas mafias por doquier, surgen grupos estudiantiles dirigidos por operadores corruptos que ofrecen su respaldo al mejor postor. Autoridades pusilánimes y corruptas viven de ese clima irrespirable y se quieren perpetuar en el poder por todos los medios, incluidos la violencia y el fraude.
Ha llegado la hora de rescatar a San Marcos de las fuerzas oscuras que la han llevado al borde de la extinción como universidad. Es necesario desplegar una movilización general de los estudiantes, de los profesores de buena voluntad, de los medios, de la sociedad civil y, desde luego, de las autoridades gubernamentales para construir una universidad nacional de todos que recupere el prestigio y la calidad que tuvo en sus mejores épocas.